Finalmente en Mitla
De viaje con Charnay

Cuando Désiré Charnay por fin llega a Mitla se enfrenta con muchos contratiempos, no obstante, se las ingenia para salir adelante y trabajar en los primeros registros fotográficos de este sitio. Te invitamos a seguir esta narración.

Yo esperaba mi equipaje desde hacía dos meses y no llegaba; temía que el estado de los caminos no permitiese al encargado enviármelos. Así, era preciso que me pusiese a trabajar con los recursos que la ciudad me ofrecía. Fabriqué el nitrato y el fulmicotón, tenía vidrios y uno de mis instrumentos; encontré éter y alcohol. Para revelar las imágenes necesitaba sulfato de hierro, que se encuentra dondequiera.

Mis primeros intentos no fueron nada exitosos; las placas de los monumentos de la ciudad eran malas. Unos días después hice algunas mejores, casi satisfactorias. Preparé así mi expedición a Mitla, pues debía regresar luego a Yucatán, llegar a Palenque, cruzar la sierra para hacer el recorrido de la provincia de Chiapas y pasar por Tehuantepec de regreso a Oaxaca. Quería hacer este largo viaje antes de la estación de las lluvias, de ser posible, y el tiempo apremiaba.

Pero cuando quise salir me percaté de que mis productos no funcionaban. Durante ocho días hice las más diversas pruebas. Me serví de baños viejos y nuevos, tenía una docena de colodiones diferentes, empleé todos los reveladores y todos los fijadores. Trabajo inútil. El colodión llegaba incluso a perder toda sensibilidad. Con una exposición de cinco minutos al sol y un instrumento doble no obtenía más que una mancha blanca por el lado del estrechamiento. 

Intentando obtener a toda costa algún resultado mezclé todos los colodiones y esperé. Unos días más tarde me propuse probar de nuevo e hice una toma en la mañana, a las siete, y salió bien; a las siete y media, insensibilidad ... Al día siguiente hice dos, sin poder lograr una tercera, y el subsiguiente tres: por progresión, cada día podía hacer una más, pero ninguna adicional. De pronto el colodión no me producía sino positivos sobre el vidrio; otro día sí obtenía negativos, pero esto sin que me fuese posible hacer una u otra cosa a mi elección. He buscado en vano la explicación de fenómenos tan curiosos, y dejo a los fotógrafos eruditos la tarea de encontrar sus causas. Mi situación no podía ser más incómoda, y temí por un momento que no podría salir adelante. Así que, me dije, había hecho un viaje de tres mil leguas con el objetivo de llevar a Europa la imagen de estas ruinas maravillosas, tan poco conocidas, tan interesantes, ¡para encontrarme frente a ellas sin poder reproducirlas!

Pasé durante aquellos días por los momentos más sombríos, en medio del desaliento y los más terribles desfallecimientos; seguía sin noticias de mis cosas y el estado de la provincia empeoraba día con día. Estaba en el trance de ceder y abandonar la partida. Sin embargo, me hice de la fuerza necesaria para superar ese ánimo abatido: no importaba lo que me costase, estaba decidido a acabar mi obra. ¡Esperar! ¡Gran cosa es la paciencia para quien sabe practicarla!

Los valles me ofrecían interesantes alternativas para hacer recorridos, con buenas posibilidades de observación; tenía mi caballo y diariamente, solo la mayoría de las veces, recorría uno o el otro, indiferente ante los peligros que podían encerrar aquellas excursiones solitarias.

El valle del oeste, el primero viniendo de México, ofrece al viajero un panorama de tierras cultivadas, pueblos y haciendas, algunas elevaciones inciertas donde la ciencia no tiene mucho que aprender y el turista nada que reproducir: es el menos rico de estos tres valles y el menos interesante. En el segundo se encuentra un vasto convento, iniciado por Cortés, inacabado al día de hoy y fundado sobre el emplazamiento de un templo indio del que subsisten aún algunos muros de adobes (ladrillos de tierra cocida al sol). Parecería que los constructores del edificio moderno se hubiesen servido de tales muros como cimbra para hacer su obra. Estos muros de tierra se encuentran en medio de la nave y sostienen todavía diversas secciones de un campanario moderno.

El adobe ha adquirido la consistencia de la piedra; los muros parecerían haber resistido la acción del tiempo tan bien como el edificio español y, con el paso de los siglos, no forman sino una sola y la misma ruina; el viajero sorprendido frente a esta extraña creación confundirá la obra de mármol de los vencedores y el humilde monumento de los vencidos.

Estas ruinas confundidas, ¿no ofrecen acaso al espíritu del observador una imagen conmovedora de esta civilización española del nuevo mundo, que no ha dejado tras ella sino testimonios perdidos, soledad y desolación? Este muro de tierra, humilde pero aún sólido, que sostiene este edificio incompleto, ¿no es la imagen viva de esta raza india, igualmente humilde, sumisa y oprimida, gimiendo durante tres siglos bajo el peso agobiante de una civilización mentirosa, también ella convertida en la ruina, hoy, de un monumento inacabado?

Mitla, a donde había transportado mi equipo con una carreta de bueyes, se encuentra en la parte más agreste e ingrata del valle. Pegada a las montañas reina allí sin cesar un ventarrón que seca todas las cosas; la vegetación es casi inexistente y no se encuentran sino unas plantas espinosas llamadas pitayales, que se usan para formar cercados y cuyo fruto es delicioso, del tamaño de un huevo de cisne, con una pulpa roja o amarilla y pequeños granos negros y de sabor comparable a las fresas. Es muy refrescante y de consumo obligado en las épocas de calor; los lugareños hacen con ella un buen negocio en los mercados de Oaxaca.

Las ruinas de Mitla ocupaban, en el momento de la conquista, un enorme espacio, pero no vemos hoy sino un conjunto de seis palacios y tres pirámides en ruinas. La plaza del pueblo contiene una construcción rectangular, con recubrimiento de piedra sin escultura alguna, de un largo de treinta metros por unos cuatro de ancho aproximadamente, y un solo acceso sobre uno de los lados menores. El destino funerario de los palacios de Mitla podría también ser el de esta construcción, tomando en cuenta, por su simplicidad, que esta sepultura estuviese reservada a algunos personajes de importancia secundaria.

La casa del cura es el primer edificio al norte, sobre la pendiente de la colina. Es un entreverado de patios y construcciones, con muros ornamentados con mosaicos en relieve del diseño más perfecto. Bajo el saledizo de los marcos se encuentran rastros de pinturas muy primitivas, en las que no existe la línea recta: sólo son unas groseras figuras de ídolos, con líneas formando meandros, cuyo significado se nos escapa. Estas pinturas se repiten con la misma imperfección en todo palacio en el que cualquier protección las haya preservado de los embates del tiempo.

La incorrección de estos dibujos, aplicados a unos palacios de una arquitectura tan correcta, y ornamentados con paneles de mosaico de un trabajo maravilloso, plantea al espíritu los más extraños pensamientos: ¿no podría encontrarse la explicación a este fenómeno en la ocupación de estos palacios por una raza menos avanzada que la de sus primeros fundadores? Es una simple hipótesis que pongo sobre la mesa.

He dado a esta primera ruina el nombre de casa del cura, ya que el venerable sacerdote que la ocupa desde hace medio siglo supo aprovechar los muros inconmovibles del antiguo edificio para hacerse un refugio amplio y cómodo, provisto ahora de un techo moderno. *

* Textos tomados del libro de Désiré Charnay, Ciudades y Ruinas Americanas. México, 1858 – 1861. Recuerdos e impresiones de viaje, Traducción y nota introductoria de Víctor Jiménez, Banco de México, 1994.

 

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