Octavio Paz: 30 años del Premio Nobel de Literatura

En 1990, la máxima distinción internacional en el campo de la literatura le fue otorgada por primera vez a un mexicano: Octavio Paz. Enrique Krauze, Christopher Domínguez Michael y Sergio Vela reflexionarán en torno a uno de los máximos referentes de la literatura mexicana a nivel mundial.

 

Miércoles 9 de diciembre a las 18:00 horas

Transmisión en vivo

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Hace 30 años México era una fiesta. El 11 de octubre de 1990, Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914 – 19 de abril de 1998) filosofaba desde un hotel en Nueva York: “Para recibir, lo mejor es no esperar”. Candidato durante años al Premio Nobel de Literatura, su nombre había sonado mucho entre los probables ganadores del galardón. El precedente de Camilo José Cela, que obtuvo el reconocimiento en 1989, parecía descartar el año siguiente a los escritores de habla hispana. Pero la Academia Sueca decidió soslayar este detalle y otorgó el premio a Octavio Paz, el primero y hasta ahora único mexicano que recibe la máxima distinción literaria mundial. La pasión de su obra, su sensual inteligencia, su integridad humanitaria, su triple faceta de poeta, ensayista y prosista, el peculiar sentir de su testimonio… todo se aunó para dar el Nobel al “Maestro”.

El acta del jurado, a la que dio lectura Sture Allen, secretario permanente de la Academia, recogía que el premio fue concedido a Paz “por una apasionada obra literaria de amplios horizontes moldeada por una inteligencia sensual y un humanismo íntegro”. La palabra profunda de Octavio Paz alcanzaba así todos los paisajes de la tierra y el alma. Su incesante aliento lírico se traducía, árbol adentro, en el verso metafísico y desolado. El pensamiento esclarecedor del escritor ahondaba en el laberinto de la soledad angustiada que zarandea al hombre de nuestro tiempo. Así lo reconocía la Academia Sueca, convirtiendo al escritor mexicano en el primer nombre de la intelectualidad iberoamericana en ese momento.

La reacción en México fue de incredulidad, satisfacción y alegría desbordada. A la una de la tarde en Suecia eran apenas las seis de la mañana aquí, así que la noticia llegó a tiempo para abrir los noticieros de la radio y la televisión de todo el país. Y a falta de opiniones informadas dado lo temprano de la hora, estos espacios ofrecían diferentes aspectos de su biografía.

Octavio Paz fue el décimo escritor en lengua española premiado por la Academia Sueca. Los anteriores galardonados con el Nobel fueron José Echegaray (España, 1904), Jacinto Benavente (España, 1922), Gabriela Mistral (Chile, 1945), Juan Ramón Jiménez (España, 1956), Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1967), Pablo Neruda (Chile, 1971), Vicente Aleixandre (España, 1977), Gabriel García Márquez (Colombia, 1982) y Camilo José Cela (España, 1989). Tras el escritor mexicano, obtuvo el premio Mario Vargas Llosa (Perú, 2010).

Enrique Krauze, estrecho colaborador de Octavio Paz primero en “Plural”, suplemento del diario “Excelsior”, y después en la revista “Vuelta” desde su fundación, a principios de 1977, se refirió el mismo día del anuncio de la concesión del Nobel a la faceta de Paz como editor: “Borges decía que una revista se hace con pasión o se convierte en una antología. La suya ha sido siempre una pasión juvenil que se nutre de las tensiones morales, políticas e ideológicas de los años treinta, una época en la que escritores, poetas e intelectuales sabían contra qué luchaban y por qué. Su intensidad juvenil él la vierte lo mismo en un ensayo que en una simple nota, en un poema que en una breve recensión”.

Prosigue Krauze en un texto publicado en el diario ABC: “De hacerse una historia comparada de las revistas literarias más influyentes del siglo (XX) –como “Partisan Review”, en Estados Unidos; “Criterion”, en Inglaterra; “Sur”, en Argentina; o las grandes españolas, como “Revista de Occidente” o “Cruz y Raya” –, advertiríamos que la labor de Octavio Paz como editor ocupa un lugar muy particular que yo, sin lugar a dudas, vinculo al lugar que ocupa don José Ortega y Gasset”.

Con gran lucidez, el escritor catalán Pere Gimferrer señala que resulta vano intentar establecer fronteras entre la poesía y la prosa de Octavio Paz. Su centro esencial es la palabra, y la tensión expresiva y capacidad indagatoria animan en él con la misma intensidad verso y prosa.

De esta última, de su visión panorámica de México y su pensamiento crítico y sagaz, dan testimonio “El laberinto de la soledad”, “El arco y la lira”, “Las peras del olmo”, “Puertas al campo”, “Corriente alterna”, “El ogro filantrópico”, “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, “Tiempo nublado”, “La llama doble” o “Vislumbres de la India”.

De su verso, lo hacen particularmente “Piedra de sol”, “Salamandra”, “Ladera Este”, “Vuelta” o “Árbol adentro”. “Vuelta” es el libro de poemas de su regreso a México tras su estancia en la India y Europa, regreso poblado de destellos del recuerdo. “Árbol adentro” es, acaso, el libro que más ahonda en la exploración de lo amoroso, y cómo trasciende en la palabra y el conocimiento.

Dice Gimferrer que no hay poema de Paz que no trate en algún sentido del lenguaje, que en algún aspecto no trate de la conciencia del propio ser. Y los grandes poemas del Nobel son siempre poemas de amor. Paz sabía que es en el campo de batalla del poema donde la experiencia del amor y de la escritura se enlazarán para permitirnos descifrar nuestra existencia. Y convertir lo que hemos vivido en diáfano lenguaje. Por eso en gran medida el Nobel a Paz es el triunfo de la poesía. Y su obra, su legado más grande.

 

 

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