1821: Luces y sombras de un año fundamental para México

El conocedor de historia mexicana José Manuel Villalpando reflexiona sobre un año crucial para la unión, la independencia y la libertad de México: 1821. Asimismo, escribe sobre las implicaciones de la Solemne Acta de Independencia convocada por Agustín de Iturbide y el famoso abrazo de Acatempan entre Guerrero e Iturbide.

A principios del año de 1821, en el territorio de la Nueva España ya sólo resistían las guerrillas insurgentes de Pedro Ascencio y de Vicente Guerrero. Este último había sido proclamado general en jefe del sur y se convirtió en el último caudillo que todavía combatía, pues no quedaba nadie de la primera época de la guerra, salvo él. Logró reunir, en su mejor momento, a casi dos mil hombres, y por varios años tuvo en permanente alerta a los realistas, que, a pesar de su superioridad numérica, no se daban abasto para contener los ataques de Guerrero, quien capturó Ajuchitlán, Coyuca, Santa Fe, Tetela del Río, Cutzamala, Huetamo, Tlalchapa y Cualotitlán, y triunfó, según se dice, hasta en veinte encuentros más. A pesar de ello, estaba limitado a operar en la región sureña, pues no podía materialmente salir de ahí. Su presencia significaba un constante recordatorio: la insurrección no se había acabado, aunque el resto del país estuviera en paz.

Ya Miguel Hidalgo lo había anticipado una década atrás, en los días en que se iniciaba la guerra de Independencia: sólo la unión de todos los mexicanos podría darnos la victoria y asegurar la libertad. Así hablaba el Padre de la Patria: “Si nosotros no peleamos contra nosotros mismos, la guerra está concluida y nuestros derechos a salvo. Unámonos, pues, todos los que hemos nacido en este dichoso suelo”. No lo escucharon y tuvieron que pasar casi once años de guerra fratricida, librada entre los insurgentes, cuyas huestes estaban formadas principalmente por criollos, mestizos y castas, y los realistas, constituidos mayoritariamente también por criollos, mestizos y castas. Una guerra entre hermanos, mucho más destructora y asesina por el odio singular que se desata entre quienes, teniendo la misma sangre, pelean enconadamente por razones y sinrazones contrarias.

Retrato de Vicente Guerrero de Anacleto Escutia, óleo sobre tela, 1850, Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Ciudad de México.

“Agustín de Iturbide se anunció en el Plan de Iguala como la ‘misma voz que resonó en el pueblo de Dolores’, dando a conocer la buena nueva: la unión como condición para alcanzar la independencia”.

No fue sino hasta 1821 cuando alguien recordó el llamado del padre Hidalgo. El sentido común, la historia compartida, la similitud de necesidades, la vecindad en el terruño, la misma fe, idénticas creencias, sueños y aspiraciones comunes, así como una única esperanza –la de la libertad–, imponían la urgente reconciliación como vehículo indispensable para el logro de los ideales que a todos convencían y a todos convenían. Como un eco de Hidalgo, Agustín de Iturbide se anunció en el Plan de Iguala como la “misma voz que resonó en el pueblo de Dolores”, dando a conocer la buena nueva: la unión como condición para alcanzar la independencia.

¿Quién era Agustín de Iturbide? Cuando Hidalgo entró a Valladolid, sólo un piquete de soldados se mantuvo leal al rey. Los mandaba un teniente de 27 años: Agustín de Iturbide, pariente por las respectivas líneas maternas del caudillo de la insurrección. Hidalgo le escribió y le ofreció el grado de teniente general. Iturbide rechazó la oferta y al contrario de sus compañeros de armas, que se habían unido a la insurgencia, condujo sus cortas fuerzas a la Ciudad de México a recibir órdenes del virrey Francisco Xavier Venegas. Incorporado a las fuerzas de Torcuato Trujillo, Iturbide tuvo su bautizo de fuego en el Monte de las Cruces. Allí se destacó en el cumplimiento del deber y obtuvo por ello el ascenso a capitán.

Verdadero retrato del bachiller Miguel Hidalgo y Costilla, rector del Colegio de San Nicolás de Valladolid circa 1790-1792 de Antonio Serrano, óleo sobre tela, 1831, Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. 


En 1812 Iturbide se volvió famoso en toda la Nueva España al capturar a un temible guerrillero, Albino García: en Valle de Santiago, Iturbide entró sin ser descubierto por los insurgentes y a pesar de su inferioridad numérica, con sus gritos les hizo creer que toda una división los estaba atacando. Fue premiado con el grado de teniente coronel. Luego, una madrugada, en varios lanchones, desembarcó y capturó las fortificaciones insurgentes que había en los islotes de la laguna de Yuriria, donde “sin escapar uno sólo” perecieron todos sus defensores. Mientras José María Morelos sitiaba Acapulco, Iturbide destrozaba a las tropas de Ramón Rayón en Salvatierra. El virrey Félix Calleja le concedió un nuevo ascenso, el de coronel del Regimiento de Celaya. Iturbide anunció que, en esa batalla, la pérdida de los insurgentes había sido de 350 “miserables excomulgados que descendieron a los profundos abismos”. Fusilaba a diestra y siniestra, y se dice que una estela de sangre fue señalando todos los pasos de su derrotero.

Las batallas de las Lomas de Santa María y de Puruarán consolidaron su fama. No le podían dar nuevos ascensos, pues su carrera meteórica lo había llevado en tres años de teniente a coronel. Manuel Abad y Queipo lo veía como un joven de mucho valor y actividad, aunque también presumido y lleno de ambición, y profetizaba al comenzar 1814 que “no sería extraño que, andando el tiempo, él mismo fuese el que hubiese de efectuar la independencia de su patria”.

A principios de 1815, el brigadier Ciriaco del Llano y el coronel Iturbide intentaron el asalto del fuerte de Cóporo. Fueron repelidos en varias ocasiones. Iturbide dirigió un ataque personalmente con igual resultado. Fue la única batalla que perdió. Allí le hizo ver a un compañero “la facilidad con que la independencia se lograría, poniéndose de acuerdo con los insurgentes las tropas mexicanas que militaban bajo las banderas reales”.

Para 1816 ya era comandante del Bajío, pero se vio envuelto en un escándalo. Importantes personajes de Guanajuato solicitaron su destitución. Lo acusaron de latrocinios, saqueos, incendios y tráfico de comercio ilícito, y a pesar de la protección de Félix Calleja, fue depuesto de su cargo y sometido a proceso. Aunque salió absuelto, no quiso volver al mando. Se retiró a una hacienda cercana a la Ciudad de México, y según cuenta Lucas Alamán “se entregó sin templanza a las disipaciones de la capital”. Tenía que esperar a que llegara su momento. Y este llegó en 1821.

Agustín de Iturbide de Primitivo Miranda, óleo sobre tela, 1865, Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. 


Iturbide seguía la misma línea –idéntica en realidad– del pensamiento de Hidalgo:

La única base sólida en que puede descansar nuestra común felicidad, facilitada por los lazos de amistad, la dependencia de intereses, la educación e idioma, y la conformidad de sentimientos, que se fundirán en una sola opinión y en una sola voz. Es llegado el momento en que manifestéis la uniformidad de sentimientos y que nuestra unión sea la mano poderosa que emancipe a la América sin necesidad de auxilios extraños.

Por eso, en la exhortación que precede al Plan de Iguala, Iturbide especificó que para él los americanos eran “no sólo los nacidos en América, sino los europeos, los asiáticos y los africanos que en ella residen”. Luego, el 24 de febrero de ese mismo año, entregó a sus tropas la nueva bandera de la patria que nacía, la bandera tricolor, cuya franja roja representaba –y representa– la unión de todos los mexicanos.

“En las montañas del sur, Iturbide tenía a un contrincante formidable, un antiguo insurgente que había combatido al lado de Morelos y de quien había heredado el carácter de caudillo de la Independencia: Vicente Guerrero”.

Pero si bien la unión como concepto era algo perfecto, llevarla a la práctica requería del ingrediente humano, de los hombres que pudieran hacerla efectiva. En las montañas del sur, Iturbide tenía a un contrincante formidable, un antiguo insurgente que había combatido al lado de Morelos y de quien había heredado el carácter de caudillo de la Independencia: Vicente Guerrero. Iturbide no dudó en ponerse en comunicación con él. En una primera carta le dijo: “Soy interesado como el que más en el bien de esta Nueva España, país en que, como usted sabe, he nacido y debo procurar por todos los medios su felicidad. Usted está en el caso de contribuir a ella de un modo particular, y es cesando las hostilidades”.

Pese a ser una de las efigies más representadas de la historia de México, los rasgos verdaderos de Miguel Hidalgo y Costilla son un enigma. Esta estatuilla en madera policroma de Clemente Terrazas –compadre del cura– se considera “la primera representación formal y fidedigna del cura de Dolores”. Miguel Hidalgo y Costilla de Clemente Terrazas, circa 1812, estatuilla en madera policroma, Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. 

“Guerrero recordó a Iturbide la opinión tradicional y firme de la insurgencia, que en nada había cambiado: ‘Nuestra única divisa es libertad, independencia o muerte’ ”.

 

Guerrero leyó la carta y meditó. Ya antes había manifestado la posibilidad de unirse a algún jefe realista que prometiera luchar por la independencia. La carta de Iturbide lo sorprendió, pues no esperaba que el principal perseguidor de insurgentes le ofreciera pactar la independencia. A la primera carta siguió otra y luego otra más. Finalmente, don Vicente decidió responderle a Iturbide: “Usted equivocadamente ha sido nuestro enemigo, siendo americano, ha obrado mal, su deber le exige lo contrario, la patria espera de usted mejor acogida, defienda sus verdaderos derechos y esto le labrará la corona más grande”. Sin embargo, Guerrero también le recordaba la opinión tradicional y firme de la insurgencia, que en nada había cambiado: “Nuestra única divisa es libertad, independencia o muerte”; además de que, fiel al pensamiento de los primeros caudillos, le sería “más glorioso morir en la campaña, que rendir la cerviz al tirano”. Iturbide le contestó llamándolo “estimado amigo”, a la vez que le anunciaba que pronto le daría “un abrazo”.

Estratégicamente hablando, Guerrero, a pesar de sus triunfos, estaba cercado por Iturbide. No podía enfrentar en una batalla campal al ejército realista. Iturbide, por su parte, requería dejar pacificado el sur, pero necesitaba además la legitimación que sólo el último insurgente podía darle. Guerrero fue muy claro al reconocer la iniciativa de Iturbide y su posición de mando: “No me desdeñaré de ser un subalterno de usted, con el mayor placer entregaría en sus manos el bastón con que la nación me ha condecorado”. Y así lo hizo. La unión entre ambos caudillos permitió así la Independencia.

Rubricada la naciente unión entre los dos protagonistas en el famoso abrazo de Acatempan, pudo al fin resolverse pacíficamente la libertad de México, mediante un pacto celebrado entre los representantes de las dos facciones en que se dividían los mexicanos de entonces, división originada por dos modos distintos de entender a la patria, por dos opciones diferentes de ver el futuro común. Eso sí, el pacto requirió de ambos caudillos una altísima calidad humana manifestada en la buena fe, en la voluntad por construir y en la generosidad para ceder, olvidándose de ambiciones personales y de intereses partidistas; incluso debieron hasta transigir en ideologías para buscar, de común acuerdo y en concierto, lo mejor para el país.

La escena fue memorable. Al encontrarse Guerrero e Iturbide, este le dijo: “No puedo explicar la satisfacción que experimento al encontrarme con un patriota que ha sostenido la noble causa de la independencia y ha sobrevivido él solo a tantos desastres manteniendo vivo el fuego sagrado de la libertad. Recibid este justo homenaje de vuestro valor y de vuestras virtudes”. Guerrero, emocionado, le respondió: “Yo señor, felicito a mi patria porque recobra en este día un hijo cuyo valor y conocimientos le han sido tan funestos”. Luego, Guerrero explicó a sus hombres la presencia de Iturbide en los siguientes términos: “¡Soldados! Este mexicano que tenéis presente es el señor don Agustín de Iturbide, cuya espada ha sido por nueve años funesta a la causa que defendemos. Hoy jura defender los intereses nacionales; y yo que os he conducido en los combates, y de quien no podéis dudar que moriré sosteniendo la independencia, soy el primero que reconoce al señor Iturbide como el Primer Jefe de los Ejércitos Nacionales: ¡Viva la independencia! ¡Viva la libertad!”.

“Iturbide lo explicó con claridad meridiana: gracias a la unión, se ‘conciliaban las opiniones razonables’, lo que daría por resultado ‘la felicidad de la patria’ ”.

¿Cómo logró Iturbide convencer a Guerrero y después de él, a toda la sociedad novohispana? Ofreciéndole a cada uno algo que le fuera importante y pudiera ser compatible con las aspiraciones de los demás. A los antiguos realistas, el respeto a la tradicional forma monárquica que habían defendido; a la casa reinante de España, la posibilidad de que uno de sus infantes pudiera reinar aquí; a los mexicanos en general, la facultad de dictarse sus propias leyes; a los españoles les abrió las puertas de una nueva nacionalidad y la protección de sus bienes; a los antiguos insurgentes, la igualdad por la que habían luchado Hidalgo y Morelos; a los ciudadanos, un gobierno constitucional fundado en una ley suprema “análoga” al país. Todos cedieron en algo; todos ganaron en mucho. Iturbide lo explicó con claridad meridiana: gracias a la unión, se “conciliaban las opiniones razonables”, lo que daría por resultado “la felicidad de la patria”.

Asegurada ya la lealtad del más antiguo de los insurgentes, el 24 de febrero de 1821, Iturbide con el Plan de Iguala anunció que era la “misma voz que resonó en Dolores”. Proclamó la Independencia y mostró a sus tropas la nueva bandera, la bandera de las tres garantías: el blanco representaba la religión, el verde la independencia y el rojo la unión. Días después se encontró con Guerrero y fusionaron sus tropas, naciendo el Ejército Trigarante, que unía a los mexicanos que habían servido al rey y a los antiguos insurgentes. Desaparecían los realistas y desaparecían también los insurgentes, nombres que abandonaban para enfrentar, juntos, a los verdaderos opositores de la Independencia: los españoles.

El virrey Juan Ruiz de Apodaca puso fuera de la ley a Iturbide y ordenó combatirlo, pero fue inútil. El ejército realista –formado por mexicanos– comenzó a pasarse al lado de Iturbide. Para ello había servido la intensa correspondencia que había sostenido con los principales personajes del momento. Iturbide prefería derramar tinta que derramar sangre. Para los antiguos militares realistas era una cuestión de lealtades: España había sido desleal con ellos al sostener en la Constitución de Cádiz y en las leyes, ideas liberales que atacaban sus creencias al seguir considerando a la Nueva España como colonia y al no reconocer a los criollos sus méritos adquiridos en diez años de guerra en favor del rey. Iturbide, en cambio, les ofrecía no sólo religión, unión e independencia, sino el respeto a la tradicional forma de gobierno que habían defendido, la monarquía. La estrategia político-militar de Iturbide funcionó, consiguiendo la adhesión de los principales jefes del ejército.

Alegoría de la coronación de Agustín de Iturbide de José Ignacio Paz, acuarela sobre seda, 1865, Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Ciudad de México.