El enemigo invisible o el enfermo “imaginario”

¿Cómo se han representado y concebido las epidemias en el arte y la religión a lo largo de la historia? El musicólogo Fernando Álvarez del Castillo reflexiona sobre algunas de las obras de arte que han elaborado la vida y la muerte a partir del motivo de la peste, desde la música de Claudio Monteverdi, Felix Mendelssohn, César Cui y Sofía Gubaidúlina hasta la literatura de Johann Wolfgang von Goethe y Aleksandr Pushkin. ¿Qué nos dicen estas obras para entender la pandemia que atravesamos?

Fenómenos de la naturaleza y circunstancias trágicas, como las guerras o las epidemias, confrontan a los seres humanos con la idea de un Dios que los ha abandonado, que está enojado o que los ha puesto a prueba. Así, para algunos, la naturaleza, el planeta todo, se comporta al antojo de la voluble divinidad que abandona a sus hijos o incluso los ataca, lo que la religión explica o justifica como un castigo. El no creyente también busca una explicación que a menudo encuentra en la lógica del Saturno que devora a sus hijos; tanto se ha maltratado al planeta, que se ve forzado a recomponer el orden para recuperar el equilibrio que impida su destrucción. Ello se da aniquilando a sus depredadores hijos.

Muchas obras del género funerario se inspiraron en los estragos causados por las numerosas epidemias que asolaron Europa en el último milenio.

La iconografía, la literatura y la música sobre la muerte son abundantísimas. Muchas obras del género funerario se inspiraron en los estragos causados por las numerosas epidemias que asolaron Europa en el último milenio. No pocos artistas enfrentaron su última batalla frente al enemigo invisible que finalmente los derrotó.

La devoción popular ha inspirado a grandes artistas obras sin parangón, como una descarnada súplica para que la divinidad conmovida aplaque una peste, o como muestra de gratitud por su término. En 1612, el compositor Claudio Monteverdi se mudó a Venecia. En la corte de Mantua había consolidado un enorme prestigio con obras como la ópera Orfeo, estrenada en 1607, y las Vísperas de la beata Virgen, de 1610. En Venecia, considerada la vanguardia de la música polifónica para voces e instrumentos, fungió como maestro de capilla de la basílica de San Marcos. Como una ironía del destino, en el verano de 1630 la peste arribó a Venecia procedente de Mantua, propagada por una misión diplomática que encabezaba Alessandro Striggio el Joven, amigo de toda la vida de Monteverdi y libretista de su Orfeo. Striggio tenía la consigna de pedir la ayuda veneciana contra las tropas imperiales alemanas que habían saqueado Mantua el año anterior y que además habían llevado la enfermedad a Italia.

Aunque Venecia no era ajena a la peste, vio su reaparición como un castigo divino por sus pecados, más que como un problema de sobrepoblación y de canales pestilentes. Cincuenta y cinco años antes, una terrible peste había cedido cuando los sobrevivientes, en penitente humildad, prometieron a Cristo erigir una gran iglesia como ofrenda de agradecimiento por su intervención. Cumplieron la promesa y, hasta la disolución de la república, el dogo y la Signoria[1] renovaban su gratitud anualmente el tercer domingo de julio, con una procesión sobre un puente de botes, que partía de San Marcos hacia la isla de la Giudecca, donde se había erigido la basílica del Redentor, diseñada por el gran arquitecto Andrea Palladio.

Durante la epidemia de 1630, los devotos habitantes de la ciudad de los canales recurrieron a la Virgen, en particular a la Madonna Nicopeia, Nuestra Señora de la Victoria, icono que aún se encuentra en un lugar de honor en la basílica de San Marcos. Este retrato bizantino de la Virgen y el Niño, atribuido popularmente a la mano del evangelista San Lucas, llegó a Venecia procedente de Constantinopla. Al igual que los hebreos portaban el Arca de la Alianza de Moisés cuando luchaban contra los canaanitas, el emperador usaba el icono como estandarte en sus batallas. Epicentro de intensa devoción desde la epidemia que había asolado a la ciudad en 1618, la efigie se trasladó de la sacristía al altar recién remodelado de San Juan Evangelista en el transepto norte, donde aún permanece.

Una vez libre la ciudad de la epidemia, el ministro de salud realizó una entrada triunfal acompañada por trompetas y tambores, y Monteverdi, entonces maestro de capilla de la basílica de San Marcos, combinó las trompetas con el coro en el Gloria y el Credo de la misa.

Doce años después, el 22 de marzo de 1630, Giovanni Battista Tiepolo (1619-1631), patriarca de Venecia[2], y la Signoria aparecieron en una atestada Plaza de San Marcos, donde un oficial del ministerio de salud anunció que la ciudad había quedado libre de la nueva epidemia. Doce trompeteros y doce tambores interpretaron una fanfarria, se disparó el codette –un cañón pequeño y ruidoso– y repicaron las campanas de todas las iglesias. La misa de acción de gracias a continuación fue una de las más solemnes de la Venecia del siglo XVII. La Madonna Nicopeia se colocó en el gran altar y se le rodeó de una gran cantidad de luces. El ministro de salud realizó una entrada triunfal acompañada por trompetas y tambores que permanecieron dentro de la iglesia. Los dos relatos que han sobrevivido señalan que Monteverdi, entonces maestro de capilla de la basílica de San Marcos, combinó las trompetas con el coro en el Gloria y el Credo de la misa. La nómina de los músicos muestra que sólo participaron dos trompetistas. Hubo más salvas del codette durante la lectura del Evangelio y en la consagración. Al término de la ceremonia, una enorme procesión que culminaría ante la Nicopeia salió de la iglesia, cruzó la plaza y pasó por el puente de embarcaciones hacia donde se levantaría la basílica de la Salute; ahí se entonaron un Te Deum y unos motetes. Tras ello, la procesión llevó de regreso a la Nicopeia a San Marcos, acompañada por los cantos de los penitentes.

La Virgen de San Lucas, conocida como la Madonna Nicopeia, icono que data del siglo IX, se conserva en la basílica de San Marcos, en Venecia, en la capilla homónima. 

La Madonna Nicopeia fue el culmen de los ejercicios penitenciales durante la peste. Cada sábado la imagen se retiraba de su nicho para portarse en una larga procesión al aire libre encabezada por el dogo y la Signoria, en la que la feligresía entonaba devotamente las letanías marianas. La primera procesión terminaba con la “ceremonia del voto”, una extensa misa durante la cual el dogo Nicolò Contarini pronunciaba un emotivo discurso que reafirmaba la devoción a la Virgen en gratitud a su intercesión y reiteraba la promesa de construir una nueva iglesia en su honor.

Un ángel volador propaga la destrucción de Dios sobre el ambiente clásico. En primer plano entre los moribundos y los animales hay un pequeño horno utilizado en Europa para limpiar el aire de los vapores de enfermedades. 

La insigne basílica se concluyó el 9 de noviembre de 1687. La peste ya había terminado, llevándose consigo ochenta mil venecianos y seiscientos mil cuerpos en el territorio de la república veneciana.


A fin de cumplir este compromiso con la divinidad, las autoridades de Venecia se pusieron en contacto con el gran Gian Lorenzo Bernini, pero finalmente se eligió el revolucionario proyecto octagonal del joven arquitecto Baldassare Longhena, discípulo de Andrea Palladio, para construir Santa Maria della Salute, nombre que llevaría la nueva basílica que se ubicaría a la entrada del Gran Canal. El día de la Anunciación, el 1 de abril de 1631, se colocó la primera piedra, aunque la construcción se iniciaría hasta siete meses después, pues fue necesario introducir 1 156 650 postes para ganarle terreno al mar. La insigne basílica se concluyó el 9 de noviembre de 1687. La peste ya había terminado, llevándose consigo ochenta mil venecianos y seiscientos mil cuerpos en el territorio de la república veneciana.

 

La noche de los espíritus danzantes

La devoción de los creyentes frente a las desgracias deja secuelas tanto en el ánimo como en la memoria. Unas se aprecian con los sentidos, otras permanecen en la conciencia. En la noche del 30 de abril al 1 de mayo, buena parte del norte y centro de Europa celebra la Noche de Walpurgis, fiesta de origen pagano que se asentó en Alemania, Suecia, Países Bajos, Finlandia, Bohemia, Eslovenia, Lituania, Letonia y Estonia. Surgida como opuesta a la festividad católica de Todos los Santos que se celebra el 1 de noviembre, su fecha no fue fruto del azar: entre una y otra festividad media un lapso de seis meses, como si la Europa pagana estuviera en las antípodas de la Europa cristiana.

Sin embargo, el origen es cristiano, pues fue un 1 de mayo –de 870– cuando los restos de Walpurga de Heidenheim, abadesa inglesa y futura santa –aún no había sido canonizada–, se trasladaron a Eischstätt, Alemania. Los cristianos alemanes la proclamaron patrona de la lucha contra “plagas, rabia, tos ferina y contra la brujería”.

Las celebraciones paganas comienzan con danzas, luego se enciende una enorme hoguera y retumban los tambores. Al extinguirse el fuego de la medianoche, se le da la bienvenida a quien traerá consigo la salud y la fecundidad, a la sucesora de todas las brujas: la Reina de Mayo.

Festividad de Walpurgis. Fotografía de Maximillian Cabinet. Fuente: Shutterstock.