La suave Patria centenaria

Este 2021 se conmemorarán la muerte de Ramón López Velarde (1888-1921) y la publicación de La suave Patria. El poeta y ensayista Luis Vicente de Aguinaga discurre sobre estas inquietudes, analizando la estructura, las imágenes y el sentido de una obra que aborda la compleja significación de la Patria para un poeta de la sensibilidad íntima.

Han pasado cien años desde que murió, en 1921, Ramón López Velarde. Han pasado cien años, también, desde que se publicó La suave Patria. López Velarde fechó el poema el 24 de abril de 1921. Según el testimonio de su amigo Pedro de Alba, el poeta se hallaba corrigiendo precisamente las pruebas tipográficas de La suave Patria cuando enfermó de muerte. Aunque la revista en que se publicó tiene fecha del 1º de junio de 1921, en realidad apareció “pocos días después” del fallecimiento de su autor, que ocurrió el 19 de junio. En aquella primavera de 1921 coincidieron el esfuerzo literario y el “cansancio del fin”, ya presentido en otros poemas del zacatecano: apenas cuatro días antes de morir había cumplido treinta y tres años, fatídica “edad del Cristo azul”.

Ramón López Velarde, retrato, circa 1918, Ciudad de México. Archivo Casasola, Fototeca Nacional. Fuente: D. R. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

Entre los textos que López Velarde redactó en los últimos meses de su vida figura Novedad de la Patria, ensayo publicado aquel mismo abril en que terminó La suave Patria. Son páginas, las del poema y las del ensayo, que se acompañan de muchas formas. Comparten incluso un mismo vocabulario: si en el poema, refiriéndose a la Patria, el poeta la define como “inaccesible al deshonor”, en el ensayo la califica de “inmune a la afrenta”. El año de 1921 fue, por supuesto, el de una doble conmemoración civil: el primer centenario de la consumación de la Independencia y el cuarto centenario de la caída de Tenochtitlan durante la conquista de México. Sin embargo, ninguna de las dos efemérides explica del todo la existencia del texto. Aunque justificado por la circunstancia, Novedad de la Patria no es un artículo de ocasión: López Velarde ya reflexionaba por lo menos desde 1916, junto con otros artistas de su tiempo como el poeta y cronista Enrique Fernández Ledesma, el pintor Saturnino Herrán y el compositor Manuel M. Ponce, a propósito del “criollismo” (hoy diríamos “el mestizaje”) de la literatura, las artes plásticas y la música mexicana.

“La novedad de la Patria está en quienes deben aprender a mirarla, olerla y tocarla como si nunca se hubieran detenido a conocerla”.

En consideración del título del ensayo es inevitable preguntar: ¿en qué sentido la Patria es “nueva” para López Velarde? Se diría, con cierto apresuramiento, que la Patria se habría renovado, en aquel tiempo, a consecuencia de la Revolución. Pero el final del poema deja claro que la Patria, pese a todas las calamidades, puede aspirar aún a mantenerse “igual” a sí misma, y que además debe perseverar en ello. Por lo tanto, la Patria no es nueva por haber cambiado. La novedad está en quienes deben aprender a mirarla, olerla y tocarla como si nunca se hubieran detenido a conocerla. Francisco Monterde opinará en 1944 que López Velarde “descubre” la Patria en toda su novedad al emprender un “viaje de regreso hacia lo autóctono, pasado el deslumbramiento de lo extraño”.

“Venía de la provincia; de la provincia ubérrima en virtudes donde está encajada la espina dorsal de la Patria. [...] Musa complicada y sencilla, ingenua y paradójica, periférica y central, como él mismo decía”.

Ese viaje tiene un mismo punto de partida y de llegada: la provincia. La reflexión criollista, en el espíritu de López Velarde, procede naturalmente de su experiencia infantil y de su primera juventud en Jerez, Aguascalientes y Zacatecas, pero también de sus lecturas de Manuel José Othón, Francisco González León y ciertos poetas intimistas belgas y franceses como Georges Rodenbach y Francis Jammes. Eso que llamamos provincia es, en realidad, el producto literario más característico del arte criollo. Pronto se cumplirán cien años también del número doble que la revista México Moderno dedicó a López Velarde a fines de 1921. En esa revista está la primera gran aportación colectiva, de lectura crítica y celebración, al conocimiento del poeta jerezano. Ahí, el poeta Rafael López afirmaba: “Venía de la provincia; de la provincia ubérrima en virtudes donde está encajada la espina dorsal de la Patria. […] Musa complicada y sencilla, ingenua y paradójica, periférica y central, como él mismo decía”.

Primera página de “Novedad de la Patria” de Ramón López Velarde, ensayo publicado en El Maestro: Revista de Cultura Nacional, n.º I, 1 de abril de 1921, p. 61. 


Hoy parece redundante declarar que La suave Patria es incomprensible sin la provincia. Los enigmas y puntos oscuros del poema confirman, ahora bien, que muchos detalles de la vida en México en tiempos de López Velarde se nos escapan hoy en día como el agua entre los dedos, y que dominar los misterios del México tradicional es menos fácil de lo que se creería. Tómese como ejemplo esta peculiar anécdota que involucra nada menos que a Jorge Luis Borges y Octavio Paz, lectores entusiastas de López Velarde. Obsérvese que Paz, el mexicano del ejemplo, no consigue darle a Borges la información que le solicita el escritor argentino. En un ensayo escrito en 1986, apenas ocurrida la muerte de Borges, Paz narró el episodio, que había tenido lugar un año atrás. Conversando con Paz y con Eliot Weinberger en un hotel de Nueva York, Borges

recordó a Reyes y a López Velarde y recitó unas líneas del segundo, aquellas que empiezan así:

“Suave Patria, vendedora de chía…”

Se interrumpió y me preguntó:

—¿A qué sabe la chía?

Confundido, le respondí que no podía explicárselo sino con una metáfora:

—Es un sabor terrestre.

Movió la cabeza. Era demasiado y demasiado poco.

Una cosa es verdad: la Patria, en La suave Patria, es enorme y pequeña. Su territorio es tan grande que los trenes que la recorren parecen de juguete. Al mismo tiempo, el poeta la envuelve con música, como si fuera un bebé al que arrulla con canciones. Es heredera de Dios y del diablo. Es rica y humilde, festiva y mortuoria, materna y juvenil, casta y coqueta, pacífica y pendenciera. Y, sobre todo, es alegórica, casi abstracta, pero también concreta, material, sensible.

“Yo que sólo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro…” Si el poeta, que antes fue un tenor intimista, emula el timbre del bajo para convertirse por un momento en el rapsoda que canta una epopeya, sus interlocutores (o, mejor aún, los destinatarios de su palabra) son la Patria y Cuauhtémoc: una entidad femenina y otra masculina. La primera palabra es “yo”. Ese yo, al presentarse, anuncia el propósito del poema en los primeros dieciocho versos: el proemio. Ahí, por primera vez, le dirige a la Patria la palabra, que se convertirá en el del primer acto y el segundo acto. Entre los dos está el intermedio, en que la Patria deja de ser el interlocutor por espacio de veinte versos para ceder su lugar a Cuauhtémoc, un masculino.

“La Patria, en La suave Patria, es enorme y pequeña. Es heredera de Dios y del diablo. Es rica y humilde, festiva y mortuoria, materna y juvenil, casta y coqueta, pacífica y pendenciera”.

El proemio: dieciocho versos. El primer acto: cincuenta y seis versos. El intermedio: veinte versos. El segundo acto: cincuenta y nueve versos. En total, el poema consta de ciento cincuenta y tres endecasílabos. No es el más extenso de López Velarde, como bien ha observado Ernesto Lumbreras. El más extenso se titula Poema de vejez y amor, y consta de ciento cincuenta y cinco versos. Lumbreras corrige, así, a especialistas como Allen W. Phillips y Alfonso García Morales, quienes hacen afirmaciones equivocadas o presentan cifras erróneas a este respecto. No es la única discrepancia numérica tratándose de La suave Patria. Gabriel Zaid afirma que de aquella revista se imprimieron sesenta mil ejemplares. Marco Antonio Campos dice que se imprimieron cien mil. Guillermo Sheridan asegura que fueron setenta y cinco mil.

Más interesante aún es la “numerología”, para decirlo con Lumbreras, de la disposición estrófica del poema. Tanto en el manuscrito en limpio de López Velarde, como en su publicación original en el número 3 de la revista El Maestro, el texto consta de treinta y tres estrofas, “número que empata con la edad del poeta al momento de publicarse”. En su publicación original, La suave Patria ocupaba tan sólo cuatro páginas. En las distintas ediciones de las obras de López Velarde preparadas por José Luis Martínez (aparecidas en 1971, 1990 y 1998, respectivamente) ocupa entre cinco y seis páginas. ¿Es un poema extenso? Tal vez no lo sea en términos cuantitativos: comparado con Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, con Muerte sin fin de José Gorostiza o con Piedra de sol de Octavio Paz, el poema de López Velarde se diría de mediana extensión. Tampoco es una secuencia de piezas cortas unidas por un mismo tema, como sí lo son “El poema del lago” de Luis G. Urbina o “Idilio salvaje” de Manuel José Othón. La suave Patria es, como apunta Paz, un poema dramático, escrito para una escena real o imaginaria.

Manuscrito de La suave Patria (versión definitiva), página 1. Fuente: Ramón López Velarde, Obra poética, ed. de José Luis Martínez, ALLCA XX-Colección Archivos/Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1998, Madrid.